PROMOCIONAN EL “TURISMO VILLERO” EN LAS FAVELAS DE RIO
El turismo organizado ha tenido en los últimos años un gran desarrollo en las favelas de Rio de Janeiro, donde las visitas guiadas permiten acercarse a la realidad de estas comunidades pobres sin ser visto como intruso por sus residentes. Algo parecido a lo que se estaría gestando en Buenos Aires con tours a la Villa 31.
Debido a la fama de violencia que tienen esas barriadas donde impera la ley del narcotráfico, pocos turistas brasileños se aventuran. Las reglas: no tomar fotografías en ningún momento, ni exhibir las cámaras.
Lo que se busca es mostrar el lado positivo de la favela, donde la mayoría de la gente son trabajadores que ganan el salario mínimo (unos 190 dólares mensuales) y no pueden vivir en barrios ricos, según dice una guía de las visitas.
Según ella, los traficantes imponen las reglas, pero garantizan la seguridad de sus residentes. El riesgo, empero, pasa por los enfrentamientos entre narcotraficantes y policías, que pueden dejar víctimas de balas perdidas.
Primera parada: la pequeña favela de Vila Canoas, que linda con el residencial barrio de Sao Conrado, en la zona sur de Rio.
Un recorrido por el laberinto de estrechos callejones permite al grupo acercarse a las precarias viviendas de ladrillo a la vista, amontonadas unas contra otras bajo un revoltijo de cables eléctricos.
“Todavía hoy, 93% de los habitantes de las favelas no paga la luz y se cuelga de los postes públicos”, ilustra la guía.
El recorrido por Vila Canoas incluye la visita a una escuela financiada en parte por los ingresos del turismo. De los 35 dólares que cuesta el paseo por la favela, ocho van a un fondo de apoyo a ese centro educativo administrado por una ONG.
“Nos dijeron que había un proyecto vinculado a una escuela. Como mi esposa es maestra, pensamos que sería bueno ver qué cosas pueden hacerse para brindarle educación a niños desfavorecidos”, explica Hervé Sadel, uno de los turistas del grupo de franceses.
“Para nosotros es un honor recibir turistas”, asegura Eldomira do Nascimento, vendedora de artesanías producidas en la favela.
Segunda parada: Rocinha, la favela más grande de Brasil con más de 100.000 habitantes. Al ser consultados, sus residentes dicen en general sentirse “orgullosos de que la gente venga a conocer su realidad de cerca”.
Rio tiene 752 favelas donde viven más de un millón y medio de personas, equivalentes al 20% de la población carioca. Son barrios originados a partir de la abolición de la esclavitud, debido a que los libertos recibieron tierras en las colinas de la ciudad.
Luego, en las décadas de 1950 y 1960, una gran cantidad de habitantes del noreste brasileño llegaron a Rio y Sao Paulo en busca de trabajo en la construcción y debdo a esta habilidad fueron capaces de construir sus propias casas.
La Asociación de Residentes de la Rocinha ve con buenos ojos la llegada de turistas y quiere atraer a más visitantes para impulsar el comercio local y ayudar a mejorar la fama de la favela.
“Sabemos que las favelas, su arquitectura, despiertan curiosidad”, explica Eduardo Barbosa da Silva, uno de los directores de la asociación. “Y esto ayuda a darle una mejor imagen a nuestro barrio. La comunidad, el lugar, se vuelve familiar cuando uno lo visita”, agrega.














